top of page
YA NO ME DAS NADA
(LIBRO DE RELATOS)

Antes de ser el Jorge Navarro Pérez novelista firmaba con el pseudónimo de "Bocángel". Me costó mucho desprenderme de él porque era una magnífica manera de diferenciar mi yo artístico (cuentista, fotógrafo) del profesional (bibliotecario, profesor de instituto).

"Bocángel" aparece en casi todos mis relatos que se publicaron

en las revistas dedicadas al género, lamentablemente muchas hoy desaparecidas. En YA NO ME DAS NADA están compilados los más largos, los ambientados en los Estados Unidos protagonizados por actrices, escritores, fotógrafos en paro, jóvenes con sed de venganza, pintores, en los que las relaciones de pareja y el entorno en que se producen tienen una gran importancia. Todos tienen finales sorprendentes y fueron muy celebrados. 

EMEEME (fragmento)

File0252 marilyn.jpg

     LO PRIMERO que vimos del aeropuerto de Reno, aparte de la pista de aterrizaje y un cielo negro que amenazaba lluvia, fueron unas pancartas que rezaban "¡Emeeme, te queremos!" y "¡Emeeme, por fin has regresado!", y una nube de periodistas y fotógrafos esperando a que bajáramos la escalerilla. Mi mujer, que lo hizo delante de mí y estaba más acostumbrada a los flashes, se quitó las gafas negras y soltó frases y barbaridades del tipo que acostumbra cuando hay más de dos personas pendientes de ella. "¡Adoro el estado de Nevada y a todos los hombres guapos de Reno!", gritó, muy en su papel de Emeeme, todavía no me acostumbro a llamarla así. 

     "¿Qué tiene que decir su marido a eso?", preguntó uno de aquellos imbéciles, seguramente creía estar en el lote porque la sonrisa le llegaba de oreja a oreja. Yo no respondí, sólo sonreí y puse la cara de tonto que pongo en estos casos. 

   Hubo empujones y codazos entre los fotógrafos y periodistas para hacer la mejor foto de la estrella y de su marido, y estar lo suficientemente cerca para continuar lanzándole preguntas como pelotas de béisbol; pero observé, como había observado otras veces, que nadie se abalanzó sobre Emeeme, como si mi mujer fuera una fiera peligrosa que pudiera atacarlos a zarpazos en el momento más inesperado. Por suerte apareció un tipo del equipo de producción y pudo convencer a Emeeme y a los periodistas que nos seguían corriendo de que debíamos trasladarnos urgentemente al hotel donde nos alojábamos, pues debíamos estar cansados del viaje y a las siete en punto se iba a celebrar una recepción de bienvenida a todos los que íbamos a participar en el rodaje. 

     Emeeme se lamenta: "¡Creí que vendría el mismísimo Hache en persona a recibirnos!". El hombre, con marcado acento neoyorquino, le explica: "Estaba previsto que el director viniera al aeropuerto, pero lamentablemente se ha tenido que trasladar al desierto para solucionar unos problemas con las localizaciones.

     Hay cosas que debieran estar en el mismo sitio y no lo están. Pero no se preocupe, verá a Hache en la fiesta", afirma. "Si hay whisky, seguro", comenta Emeeme con un bufido. Lo dice porque ha trabajado con él en un par de películas y sabe de qué pie cojea.

    No sé cómo, llegamos a la limusina que han alquilado para nosotros y, ya dentro, el miembro del equipo de producción deja caer, para animarnos y tranquilizarse por el hecho de respirar el mismo aire que respira mi mujer: "Hace una semana que estoy aquí y les puedo asegurar que sólo hay vacas, caballos y polvo". "Pero, debe haber algo más, ¿no, querido?", le pregunta Emeeme quitándose otra vez las gafas para mirarle provocativamente. El hombre, que siente que no debería estar nervioso porque ha tratado a numerosas estrellas de cine, se empieza a ahogar en los tres metros cuadrados del coche.

 

     Nuestro hotel está muy cerca del aeropuerto, tan cerca que casi podríamos haber venido andando y la productora se habría ahorrado el gasto de la limousina. En ausencia de Hache nos recibe el productor de la película y la dirección del hotel en pleno. El productor, echándome el humo del gigantesco habano, nos saluda: "Todos esperamos que os encontréis a gusto, querida, ése es nuestro deseo". Lo dice porque sabe los dólares que le puede costar cada uno de los sonados desplantes de Emeeme. Antes de asistir a la recepción nos escabullimos para darnos una ducha y descansar del largo viaje desde New York. 

     La suite es tan amplia y funcional como la de cualquier hotel de lujo. Hay reproducciones de Georgia O'Keeffe en las paredes y la televisión en color debe estar escondida dentro de algún mueble o ser muy pequeña porque no se ve. Emeeme se acerca a la ventana y permanece allí un buen rato, mirando hacia la inabarcable extensión del jardín botánico. Se ha producido, sin desearlo ninguno de los dos, un silencio incómodo, quizás a resultas de encontrarnos a solas en un lugar al que no pertenecemos, un silencio que mi mujer rompe finalmente cuando, casi en un susurro, formula la pregunta. Suspiro profundamente y me pregunto si mi voz sonará falsa y mis ojos serán capaces de disimular la mentira que estoy a punto de pronunciar. "Sí, le respondo, claro que te quiero". Ella se vuelve, recortándose su rostro en el marco de la ventana, y durante unos breves instantes sonríe feliz, como acostumbra a hacerlo en las películas. Como movido por un resorte, me acerco y ella me echa los brazos al cuello y me besa. Noto que mi pulso se acelera. Con dificultad empiezo a descorrerle la cremallera del vestido.

     Me digo: "La vida está hecha de engaños, así que uno más no importa".

EMEEME fue finalista del primer

premio NH de Relatos

bottom of page