"Anoche acabé EL LUGAR MÁS TRANQUILO. Un final trepidante y con vuelta de tuerca corona una novela encantadora.Una novela histórica con trasfondo policíaco a veces y otras una novela policíaca con trasfondo histórico. Da lo mismo, su lectura es un placer. Además ha conseguido acabarla bien, que es lo más difícil."

GERARDO GUAZA

 
 
 
 
 
 
 
ACTO PRIMERO
     Como les sucedía a muchos policías, al comisario jefe Agustín Suances no le gustaba acudir a los domicilios de los burgueses del Ensanche, prefiriendo con mucho los de la parte baja de la ciudad, que tenían entradas más sombrías y un pegajoso olor a verduras recocidas, escaleras destartaladas, rellanos en cuyos cuartuchos anidaban murris, descuideros, timadores portuguesos, pilluelos, rateros, contrabandistas, peristas, vagos, taruguistas,
pinxos que vivían de sus mujeres y, cómo no, centenares de anarquistas, a muchos de los cuales conocía por sus nombres verdaderos.
     Allí sabía a qué atenerse, que rufián podía ser amigo o enemigo, una mirada suya bastaba para vencer suspicacias y doblegar ánimos inquietos. En la parte alta de la ciudad, sin embargo, debía comportarse con tino, medir palabras y gestos, no fuera a estar tratando, por un casual, con una personalidad importante o con un pariente, amigo o conocido de una de ellas. Traspasada la catedral y la plaza de Cataluña, sólo era un policía diligente y servil, alguien a quien no se llamaba si no era absolutamente necesario, como ocurría ahora.

     Suances volvió a dar dos aldabonazos a la puerta por si no lo hubieran escuchado, se ajustó la pajarita y se atusó el blanco bigote. ¿Qué sabía del propietario de la casa? Que era pintor, un pintor reputado que había expuesto en París y en Madrid, y poco más. Pero, ¿por qué le habría hecho llamar, si no le conocía?

     Una joven entreabrió la puerta. El cabello, hermoso y

rebelde, como si no soportara  permanecer bien peinado, estaba

cortado a la altura del cuello; los almendrados ojos eran de

un color indefinible, por un momento le parecieron grises y,

al siguiente, azulados; el ovalado rostro era más bien pálido

con tendencia al arrobamiento; en medio tenía una nariz muy

fina, siéndolo también los apretados labios, un gesto que el

viejo policía no supo distinguir si era de recelo o temor.

     —¿Sí? ¿Qué desea?

      Como pudo, Suances intentó rehacerse de la impresión de

ver de repente tanta belleza.

     

—Buenas tardes. Soy el comisario Agustín Suances, señorita.

     Me han hecho llamar con el ruego de que viniera lo antes posible.

     —Al serle permitido entrar, el comisario observó que la mujer

llevaba un exquisito vestido de color pergamino, con

trencillas caladas y bordadas, coloreadas de modo diferente en

las faldas y en la blusa.

     —Soy la señora Casas. Mi marido le aguarda en el salón.

     —Le ruego me disculpe, señora –dijo el sesentón quitándose

el sombrero—. Es usted tan joven.

     En otras circunstancias Julia, que así se llamaba la esposa del pintor Ramón Casas, hubiera esbozado una sonrisa ante semejante cumplido, no era la primera vez que la tomaban por su hermana pequeña o por una criadita del servicio; pero viniendo de Suances, uno de los policías que más duramente había reprimido La Causa... Se mordió los labios, quién sabe, quizá ese hombre que estaba delante suyo tuviera algo que ver en la detención y posterior asesinato de su padre en los fosos de Montjuïch. En vano le había insistido a Ramón que aguardara unas horas por ser pronto para alertar a la policía.

     —Es por aquí –dijo señalando una de las tres puertas de la entrada, la de la derecha—. Mi marido está enfermo, ha sufrido un cólico y lleva dos días en cama. No ha atendido a mis ruegos de que no lo hiciera y ha querido levantarse para hablar con usted.

     El tal Casas se hallaba sentado en un butacón delante de una chimenea encendida a pesar de ser uno de los abriles más calurosos que los barceloneses habían conocido en décadas. Su cuerpo se había hecho más voluminoso en los últimos años y estaba escorado hacia un lado, sujetándose la frente con la mano derecha.

     –Buenas tardes –dijo Suances al entrar.

     El hombre no se movió, parecía adormilado y no había reparado en su presencia.

     —Buenas tardes, señor Casas –insistió.

     Julia se acercó a su marido y le sacudió el hombro.

     —Ramón, está aquí el comisario. ¿Te encuentras bien?

     El pintor reaccionó.

    —Sí, me encuentro algo mejor, Julia, pero el comisario sabrá disculpar que no me levante.

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