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El inicio de TODOS RECIBEN

Desde el principio no porque bastante tenía con intentar acabar con LA TIRANÍA, pero si sé que cuando comencé EL LUGAR ya sabía que tenía que alumbrar una tercera historia que cerrara el círculo iniciado por un barón que había leído un libro de tapas rojas. También supe que tenía que jugar con los acontecimientos que sucedieron en la Cataluña de principios del siglo XX. Lo que no podía imaginar en 2009, que es cuando lo inicié, es que la realidad de los años siguientes  pudiera parecerse a tantos hechos de la historia que estaba imaginando. Empezando por la visita de un rey.

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PRIMERA PARTE:

EN EL POLVORÍN

 

DE LA LIBRETA DE CHAVARRI

     

Desde Valencia y desde Mallorca mis familiares y ami­gos me

preguntan por las bombas. Se imaginan que mi vida peligra

constantemente por razón de mi trabajo, que me obliga a moverme de un

lado a otro. Son tantas las noticias alarmantes que se publican sobre ellas, las

que explotan y las que son halladas antes de estallar, que unos y otros creen que en

Barcelona se libra una guerra civil y que es una ciudad arrasada,

con transeúntes recelosos de salir a la calle que huyen despavoridos a la más mínima señal

de peligro. Pien­san que la revolución está próxima y tiemblan por el conta­gio.

     Es cierto que en los últimos meses han sido detenidos sujetos con cartuchos de dinamita, bombas de mecha, de pera, de hierro colado y también de las llamadas de inver­sión. Es cierto que se han descubierto varias bombas en edi­ficios de las Ramblas y del Ensanche. Es cierto que han ex­plotado algunas en casas particulares y en la iglesia de Belén provocando heridos y estragos de mayor o menor considera­ción.

 

     Son muchos los que sospechan que no todas son obra de los anarquistas, sino de la propia policía siguiendo órdenes del gobernador González Rothwos, interesado en la re­presión y descrédito del movimiento, pues anarquistas peli­grosos no hay tantos, siendo mayoría quienes se decantan por crear asociaciones para predicar La Idea y no por la ac­ción directa. Además, en las cárceles hay decenas de presos, como Biscarri, Ramírez, Oliver y un tal Rull, al que llaman El Cojo de Sans.

 

     De ahí a pensar que los ácratas se han hecho los dueños de una ciudad tan grande, tan viva y tan cívica, media un abismo. La vida urbana no se trastoca: aprendices y mozos, obreros y oficinistas, capataces y patronos acuden a sus talle­res y fábricas con diligencia marcada por relojes y sirenas; los niños juegan, saltan y corren en calzadas, parques y jardines; las jovencitas aprovechan las bondades de la estación prima­veral y pasean con sus galantes novios y sus rígidas carabi­nas; las calles, los comercios, los cafés, los teatros se llenan y se vacían siguiendo los ritmos cotidianos, bombeados por un corazón que se siente y no se ve.

 

     Así que les digo que la ciudad no puede morir porque sus vecinos, que son su sangre, no están dispuestos a que así sea. Y les escribo: “¿Acaso vendría el rey a Barcelona de no saber que es una plaza segura?”...

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