
Hablando de realidad y ficción. Una mañana me desperté pensando en el sueño que había tenido: Ramón Casas se sorprende de que su amigo Santiago Rusiñol no haya desayunado con él. Y cuando va a su casa encuentra rastros de sangre. Para mi sorpresa a los pocos días me entero que se estrenaba una obra de Rusiñol que había estado prohibida porque atentaba contra el estamento militar.
Se trataba de L'Heroe.
El inicio de EL LUGAR MÁS TRANQUILO
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ACTO PRIMERO
Como les sucedía a muchos policías, al comisario jefe Agustín Suances no le gustaba acudir a los domicilios de los burgueses del Ensanche, prefiriendo con mucho los de la parte baja de la ciudad, que tenían entradas más sombrías y un pegajoso olor a verduras recocidas, escaleras destartaladas, rellanos en cuyos cuartuchos anidaban murris, descuideros, timadores portuguesos, pilluelos, rateros, contrabandistas, peristas, vagos, taruguistas, pinxos que vivían de sus mujeres y, cómo no, centenares de anarquistas, a muchos de los cuales conocía por sus nombres verdaderos.
Allí sabía a qué atenerse, que rufián podía ser amigo o enemigo, una mirada suya bastaba para vencer suspicacias y doblegar ánimos inquietos. En la parte alta de la ciudad, sin embargo, debía comportarse con tino, medir palabras y gestos, no fuera a estar tratando, por un casual, con una personalidad importante o con un pariente, amigo o conocido de una de ellas. Traspasada la catedral y la plaza de Cataluña, sólo era un policía diligente y servil, alguien a quien no se llamaba si no era absolutamente necesario, como ocurría ahora.
Volvió a dar dos aldabonazos a la puerta por si no lo hubieran escuchado, se ajustó la pajarita y se atusó el blanco bigote. ¿Qué sabía del propietario de la casa? Que era pintor, un pintor reputado que había expuesto en París y en Madrid, y poco más. Pero, ¿por qué le habría hecho llamar, si no le conocía?
Una joven entreabrió la puerta. El cabello, hermoso y rebelde, como si no soportara permanecer bien peinado, estaba cortado a la altura del cuello; los almendrados ojos eran de un color indefinible, por un momento le parecieron grises y, al siguiente, azulados; el ovalado rostro era más bien pálido con tendencia al arrobamiento; en medio tenía una nariz muy fina, siéndolo también los apretados labios, un gesto que el viejo policía no supo distinguir si era de recelo o temor.
—¿Sí? ¿Qué desea?
Como pudo, Suances intentó rehacerse de la impresión de ver de repente tanta belleza.
—Buenas tardes. Soy el comisario Agustín Suances, señorita. Me han llamado rogándome que viniera lo antes posible.
Al serle permitido entrar, el comisario observó que la mujer llevaba un exquisito vestido de color pergamino, con trencillas caladas y bordadas, coloreadas de modo diferente en las faldas y en la blusa.
—Soy la señora Casas. Mi marido le aguarda en el salón.
—Le ruego me disculpe, señora —dijo el sesentón quitándose el sombrero—. Es usted tan joven.
En otras circunstancias Julia, que así se llamaba la esposa del pintor Ramón Casas, hubiera esbozado una sonrisa ante semejante cumplido, no era la primera vez que la tomaban por su hermana pequeña o por una criadita del servicio. Pero viniendo de Suances, uno de los policías que más duramente había reprimido La Causa... Se mordió los labios, quién sabe, quizá ese hombre que estaba delante suyo tuviera algo que ver en la detención y posterior asesinato de su padre en los fosos de Montjuïch. En vano le había insistido a Ramón que aguardara unas horas porque era pronto para alertar a la policía...














